Diego Caminos, enviado especial.
DESDE NEUQUÉN -. Primero aparece el silbato. Después, el redoblante. Jorge mira hacia un costado, levanta los brazos y lanza el primer grito. La respuesta llega desde distintos sectores del Ruca Che y, en cuestión de segundos, la tribuna argentina ya está cantando. La escena se repite una y otra vez durante la serie contra Turquía. Cambian las canciones, cambia el momento del partido, pero casi siempre hay un mismo punto de partida: él.
Jorge (prefirió no revelar su identidad completa) es, desde hace años, uno de los principales “agitadores” de la Hinchada Argentina de Copa Davis, el grupo que conformaron una serie de fanáticos para acompañar al seleccionado donde sea que juegue. Acostumbra a vestir piluso y lentes de sol, y es quien canta, marca el ritmo con el redoblante, utiliza el silbato e intenta leer qué necesita el tenista que está dentro de la cancha.
Neuquén abrazó la Copa Davis: Cerúndolo y Tirante maravillaron al públicoNo tiene un cargo oficial ni forma parte de la Asociación Argentina de Tenis. Compra su entrada, organiza sus viajes junto con el resto del grupo y ocupa su lugar en la tribuna. Sin embargo, después de más de tres décadas siguiendo al seleccionado, los jugadores ya saben perfectamente quién es.
“Nosotros somos hinchas de Copa Davis. Solamente eso. Acompañamos al equipo por donde podemos en el mundo y lo alentamos”, explica mientras a su alrededor continúan moviéndose integrantes del grupo.
El pueblo detrás de la Copa Davis: entre el petróleo de Vaca Muerta y las calles de tierraMás de 30 años siguiendo a Argentina por el mundo
Su historia con la competencia es difícil de dimensionar. Desde 1993, Jorge se perdió apenas dos o tres series de Argentina. Y el grupo que integra tiene un registro todavía más impactante: en todo ese tiempo estuvo representado en cada una de las series que disputó el seleccionado, con una única excepción, la última, en febrero, cuando el equipo jugó en Busan, Corea del Sur.
Más de 30 años viajando detrás de una misma camiseta lo llevaron por escenarios completamente diferentes y también le permitieron presenciar el momento que durante décadas pareció imposible: la consagración argentina en Zagreb, en 2016.
La hinchada organizada como tal nació mucho después. Jorge cuenta que hace alrededor de 14 años aquellos seguidores que se cruzaban una y otra vez en distintas canchas decidieron empezar a moverse juntos. “Nos encontrábamos en distintos lugares, compartíamos series y en un momento dijimos: ‘¿Por qué no empezamos todos a viajar juntos, a organizarnos y a planificar nuestros viajes?’”, recuerda.
Hoy el núcleo está formado por unas 30 personas. Hay integrantes de Capital Federal, Santa Fe, Roque Pérez y distintos puntos del interior. También algunos que viven en Europa y se suman cuando el calendario acerca al equipo argentino. Cada vez que aparece una nueva serie comienza una logística casi artesanal: uno se encarga de las entradas, otro busca alojamiento y otro organiza los traslados.
“¿Relajación? Nunca”: Cerúndolo explicó cómo afronta la presión de ser favorito en la Copa Davis“No somos una barra, somos hinchas”
Jorge marca una diferencia que para ellos es importante. No les gusta que los llamen “barra”. “Somos hinchas. La palabra ‘barra’ tiene otra connotación”, aclara.
También remarca su independencia: “Nosotros pagamos nuestras entradas. No somos parte de la Asociación Argentina de Tenis. Obviamente nos conocen, nos saludan, tenemos aprecio por muchos y otros quizás no, pero no tenemos ninguna relación económica. Nuestro rol es venir y alentar. Nada más”.
Ese “nada más”, sin embargo, ocupa un lugar cada vez más reconocible dentro de las series. Cuando Argentina juega, especialmente como local, es difícil que su presencia pase inadvertida. Jorge inicia buena parte de los cánticos y el resto acompaña. El redoblante funciona como metrónomo y el silbato sirve para ordenar una tribuna que muchas veces termina siguiendo sus indicaciones.
Incluso los propios jugadores aprendieron a identificarlo. Lo saludan, lo miran y, en determinados momentos, buscan esa reacción desde las gradas. Jorge asegura que con los años también aprendieron que alentar no significa hacer ruido permanentemente.
“A veces sabemos cuándo el jugador necesita que alentemos. Tuvimos casos en los que gente del banco nos decía si había que alentar o no, porque conocían al jugador y sabían cuándo era el momento y cuándo había que parar”, cuenta.
La experiencia, después de tantas series, también consiste en interpretar silencios.
“Nunca había jugado con un público así”: la confesión del turco Mert Alkaya tras enfrentar a Argentina en la Copa DavisDe Kazajistán a Bélgica: los viajes que quedaron marcados
En ese recorrido hubo viajes difíciles de olvidar. Kazajistán aparece rápidamente cuando se le pide una anécdota. El idioma y los trámites hicieron que el grupo contratara una traductora durante toda la estadía. “Estaba las 24 horas con nosotros para ayudarnos con todo. Fue dificilísimo”, recuerda.
Si la pregunta cambia hacia la cancha, hay otro destino que aparece inmediatamente: Bélgica, en 2015. “Fue el lugar donde más nos hicieron sentir la localía. Tenían una hinchada impresionante”, asegura.
La paradoja quedó grabada en la memoria del grupo: fuera del estadio, los belgas los recibieron con enorme cordialidad e incluso compartieron un asado; adentro, el clima cambió por completo. “Era terrorífico”, resume.
Zagreb, el viaje que terminó con la espera
También estuvieron las derrotas. Mar del Plata, Sevilla y otras oportunidades en las que la Ensaladera parecía estar cerca, pero terminaba escapándose. Por eso Zagreb ocupa otro lugar. Jorge estaba allí cuando Federico Delbonis ganó el último punto frente a Croacia y Argentina se consagró campeona por primera vez.
“Pensábamos que teníamos la oportunidad. Teníamos el equipo, teníamos un número uno que se había puesto la camiseta en serio para representar y una buena conducción desde el banco. Y se dio”, recuerda sobre aquel equipo encabezado por Juan Martín Del Potro.
Pero cuando se le pregunta qué es lo mejor de tantos kilómetros, estadios y partidos, Jorge no menciona ninguna victoria. Tampoco habla de Zagreb ni de alguna hazaña deportiva. Su respuesta sale rápido: “Los amigos”.
Con el paso de los años, aquella unión nacida en las tribunas terminó excediendo al tenis. Se juntan varias veces al año, organizan comidas y mantienen una relación que continúa cuando no hay Copa Davis. Algunos dejaron de viajar por la edad y otros se fueron incorporando. “Ya somos amigos. Extrañamos a los que no están”, dice.
Neuquén, una nueva parada para la hinchada argentina
En Neuquén, la historia sumó otro destino. Jorge quedó conforme con el Ruca Che, con la organización y, especialmente, con el recibimiento. “Nos trataron muy bien. Como siempre pasa en el interior”, destaca.
Después vuelve a su lugar. El partido continúa y no queda demasiado tiempo para conversar. Tiene el redoblante cerca, el silbato preparado y una bandera que forma parte del equipaje habitual del grupo.
Jorge vuelve a mirar hacia la cancha. Los jugadores ya saben dónde encontrarlo. Y cuando Argentina necesita que el estadio vuelva a levantarse, él también sabe qué hacer.